Treinta años después del golpe militar de Argentina

Hace treinta años se instauró una pesadilla sólida como un accidente de automóvil. Un crujido perfectamente identificable quebró la razón y llenó las calles de carcoma y de sangre. Nadie puede saber desde afuera lo que llegan a calcular los tiranos al otro lado de la tapia. Sólo al cabo de un rato se comprueban sus resultados, que se evalúan en una lista secreta de tumbas y funerales. Las palabras vehementes se ahogan con los destellos de la memoria y parece más adecuado escribir ahora palabras tales como paz, esperanza o reconciliación. Pero ahí sigue toda esa gente digna, que tuvo que observarse las manos por no alzar la cabeza y mirar a los que, más allá, tenían rostros de acabar de ser desenterrados. Han pasado treinta años y aún queda demasiada ropa desordenada en el armario y una necesidad viva de poner cada cosa en el sitio que le corresponde.
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