Blogia

España en el diván

La tele

La tele

Todos parecen hechizados por lucir sus bocas en ese espejo de juegos interminables y subterráneos, la tele la llaman. Triunfan en ella dinastías de desdichados que nada saben de socorrer viudas ni de desfacer agravios. Como soy aficionada a leer, me falta algo y paso el tiempo revisando sus manuales escritos en sánscrito o en alguna lengua villana, que nada de provecho saco della ni de la madre que la ha parido.  Vigilé su cristal por si aparecía por allí algún gentilhombre bien aderezado, que no estoy yo libre de ardores en la enfadosa siesta del invierno, más sólo hallé una turba de hombres embebecidos y mujeres desnudas de ojos llorosos, cuentos y trajes pintados. Mentiras y calabazadas, necedades y locuras que ni acaso sirven para recrear el ánimo. No me sobornan estas dádivas y aparto della los ojos, que temo que mengüe mi voluntad con sus encantamientos y acabe enloquecida viendo hermosura en sus vilezas.

'Brokeback Mountain'

'Brokeback Mountain'

Estos caballeros que se besan tan gentilmente, tengo para mí que suspirarán con dolores circunstantes, que aún estas redes amorosas a muchos parecen feas y enanas, pero a fe que yo conozco bien las antiquísimas tablas que traban estas cuitas, que no sólo son las blancas manos las que besan espadas. De linaje de reyes hubieron caballeros con ricos mantos escarlata, armados hasta la cima, y que bajo el farseto ocultaban intrincados corazones que miraban a furto a hidalgos y a pajes. Se tendrán por bien pagados ahora que ya pueden los suyos quitarse las armas y mostrar sus licencias para servir en esas guerras de espadines o espadones que se besan una y mil veces sin cuitas ni congojas. Más fácil les fue matar endriagos y deshacer encantamientos que mostrar lo que sus vidas y voluntades  habían escogido. Debajo de luceros y batallas, celebro este sol de caballería militante, estas banderas de afectos que tantas veces les hurtaron.

Vaticano

Vaticano

Mire mi señor de nombrarme embajadora de mí misma en el Vaticano, que mi deseo arde por mil señales y es menester que extienda mis pies hasta donde aún quedan caballeros de ánimos inquietos, capitanes de ventura vestidos con púrpuras casacas de enojo.  Ya le dije que no soy casta, pero tengo entendimiento y templanza para acuchillar tempestades y para sorber cálices apacibles y frescos, para celebrar ceremonias y pasar roncando las horas de la siesta. Déjeme volar de mí, que cansada estoy de embusteros y hombrecillos. En este buen deseo de apartarme, también me cargan los años y la gana de hablar de nuevo buen latino, que echo en falta el bálsamo que perdí y me pesa esta preñez de necios y de moscas. Ya no busco ni la fe ni la gloria, sólo requiero un colchón blando y compasivo y un abanico de bizcochos. Una vida de cura sin dolencia que no me reseque el celebro.

Despertar

Despertar

Me he despertado sola, como de costumbre. A través de las rendijas de la ventana pasaba un barco y una página con una sóla frase. Es obsesiva esta espiral luminosa, esta nausea que maravilla el semisueño. No quiero alcanzar hoy la plena conciencia diurna. Prefiero que el aire me traiga un blues a la cama, un calidoscopio que transforme el miedo en vegetales, los cordones de metal en veredas de flores. No me pida doctor que explique nada. A veces me cuesta dejar de soñar para tener que ganarme la vida, eso es todo. Ni siquiera merece un chavo chasquear hoy la lengua o revisar un grueso catálogo de sentimientos. Soy mujer afectuosa y vagamente aprecio una cama revuelta y cortés, prefiero otras sorpresas. Me hubiera gustado amanecer con una mano dibujada en el pecho, pero a cambio he hallado mi piel rígida, con la textura de un hule. Así es que vuelvo a dormirme para tramitar en sueños sombreros y caracolas, sillones junto a ventanas, París o el mar, quién sabe. Fosforescentes valijas y maletas de viaje regresarán plásticas y acuosas al pie de la cama. Alguien me tomará en sueños dulcemente del brazo y me hablará al oído mientras miramos a través de una ventana con vistas a unas calles viejas y brillantes.  

Tabaco

Tabaco

Vuelvo doctorcito de echar un cigarro ahí afuera, convencida de las bondades de la hermana Alaska y de la prima Finlandia, que gozan conservando las narices frescas y las manos rígidas cual si hubiesen satisfecho el último trance de la vida. Mis partes más íntimas se han vuelto púas de tiesas que quedaron, y mis lágrimas han caído a plomo al suelo, molidas y frías como granos de café de Indias. Así es que mis señores empuñan estas disciplinas para hacernos bien y tengo para mí que estos remolinos de fumantes, estos héroes coronados, estos sufridores de afrentas, habrán de agradecérselo con lágrimas en los ojos.  ¡Oh liberales!, ¡qué gozo es regresar al techo que acoge el aire claro!, limpio de hilazas de humo putrefacto. Ahora se me alumbra el olfato sólo con puros olores de sobaco de cabra, con suspendidos y alegres aromas de arrogantes pies hechos de carne de momia. Esta selva tan intrincada de fragancias, esta empanada antes cegada de pesadumbre, ya se ha purificado del las manchas rústicas del tabaco y sólo templa los contentos hedores del fiambre de conejo. Mis señores entretienen mis sentidos con este laberinto de labradas tormentas de las no saldrán mis narices ni ayudadas con la soga de Teseo.

Borrachos

Borrachos

¡Válame Dios! que parecen mis hijitos más amigos de viñas que de industria, que quieren restar cárcel a los villanos, a los desuellacaras que sobresaltaron con sangre y murmuraron con la misma voz del diablo, rompiendo de todo punto las reglas de  caballería. No soy yo amiga de saber de vidas ajenas, pero es de vulgo dar premios a quien pasó su vida en malas venturas, y estos no han de esperar sino coces y manteamientos y el encierro de sus corazones como si fuesen mudos. Es lo menos, que ya no espero reducirlos a mejor vida, que vencí hace tiempo a las voces estremadas. Ese mazo de barbas grande, ese verdugo desaforado que degolló a menesterosos, a buenos y leales vasallos, a mí me dejó una buena cicatriz en mitad del espinazo.  Qué si ahora esos no mueven pestaña es sólo por fingimiento, que las entrañas tiene roída la bestia y se muere por la venganza. No pido más riña, pero sí que sigan bajo las siete llaves de la fortaleza, cubiertos de sus deshonestidades y vilezas hasta que recuperen el buen entendimiento.

 

Mora

Mora

¿Acaso ya nadie recuerda que yo también fui mora?. Y bien bella y discreta que fui, que de mí se enamoró un número infinito de príncipes y no he de permitir que los cielos ni el infierno olviden mis muchas gracias y mi hermoso ingenio, que mis habilidades y gracias rindieron por igual a poetas y a malandrines, y todos ellos se pudieron ganar la vida gracias a mi bizarría de antaño. Qué tristes son ahora estas alquimias que manejan mis primas, que de sus barbas ya no me curo, pero señales hago para que desembaúlen sus magines y corten sus telarañas, que su entendimiento creció de mi tutela y doctrina, por ser yo de las más antiguas de sus madres. Plegarias hago para que entreguen las llaves de sus fortalezas a vagamundos que les rindan las voluntades con coplas y con brincos, que no me place ver en jaulas de pájaros a las que en mi mocedad fueron universos de gracias y donaires. Todos los contentos se marchitan y ahora vuestras aguas pasan como sombra y sueño, con un dolor de entrañas. Ya no soy de pendencia ni me meto en dibujos, pero tanto me cuesta estar mano sobre mano mientras vuestros ahijados riñen y hacen astillas, que sólo aguardo a que un encantador os devuelva de nuevo la figura, os borre de una vez ese gesto desgraciado, y acalle vuestras arengas y retóricas funestas .

Españolito que vienes...

Españolito que vienes...

A Guillermo Mira 

Me gustan los recién nacidos. Son  mis más valiosos aliados, ya que ellos aún no me han desertado y mantienen ciegamente mi protección umbilical, de la que nadie los despoja ni aún queriéndolo. Mucho le queda a un niño para ser un desertor, un profesional de sí mismo; condicionado por su orgullo, su distinción, su modestia o su insignificancia. Ese españolito tiene en comer en abundancia y en dormir en un lugar decente mis causas más justas, las innegociables. Nada valdría yo si uno sólo de ellos estuviera condenado a llevar a cuestas un halo de tristeza. Los miro abrir los ojos en las maternidades sin atisbo todavía de codicia ni hipocresía, con el alma brillante en sus diez décimas partes, conmovidos y temerosos de la luz que les desprotege, parpadeando brevemente a causa del frío inesperado de la vida exterior. Ni siquiera sonríen ni son buenos o cariñosos: son apenas barro o arcilla de sí mismos, inconexos y convencionales al tiempo. Luego aprenderán a retener las lágrimas. Ahora sólo les ocupa poner fin a su largo silencio con un acuciante quejido que deshiela el corazón de los titanes.

 

Pelele

Pelele

Malandrines, malvados, ¡dejadme en paz!. ¿Qué sacudidas son estas que salen a mi encuentro?, ¿qué sandeces me anochecen y me parten?. ¡Deteneos de una vez!, que si me dejáis camino, juro que haré maravillas y os traeré venturas. Fatigadita estoy de estos rigores y estrecheces que no me dejan ni echar un trago.  Por vuestro mal le nacieron alas a la hormiga, detrás de vuestros gestos y cruces está el diablo. ¿Acaso no me veis más salida que la pala y el azadón?, ¿deseais acaso mi muerte priesa y molida?. Exijo un trujamán que anote mis palabras: Yo no estaré más cautiva de mí misma, en boca de encantados que azucen mis ruina. A pie firme estoy dispuesta a batirme con un palo, a partir los dientes y a moler huesos de quien me toque con las manos sucias y mohínas. ¡Máscaras de farsantes, alejaos!, que soy yo de natural más de cascabeles que de incordios y vosotros, mancebos de muerte,  me maltrecháis las costillas con rebuznos más propios de jumentos que de hidalgos.

Doctorcito, dígame como me limpio el polvo de esta nube oscurecida, de esta telaraña tonta y falta de memoria. Alumbre mi entendimiento, que de voluntad ando tan flaca, que requiero fortalecer mi corazón y mi valentía.   

Delicatessen

Delicatessen

España me ha pedido hoy que no le haga pregunta alguna. Trae de suyo una confesión pestilente. Desconfío de sus humores, de sus alegorías, de su sistema de símbolos. Schopenahauer ya advirtió que el público siempre se fija en el fondo y a mí me preocupa no descifrar sus adivinanzas.  

¿No ha observado, doctorcito, cómo ha menguado la espesura y enjundia del lapo español?. Sí, sí, no me mire con esa cara batracia. El lapo, gargajo, escupitajo; la saliva espesa que mis hijitos han esparcido por el mundo y por mis propias tierras. Ahora la aprecio traslúcida, blancuzca, pobre, una calavera de sí misma. Añoro el gargajo espeso y despreocupado, el vivacísimo disparo que sembraba arrabales y salones con igual millonaria densidad de bacterias y virus. Conquistaba un español Flandes y las Indias y regaba enseguida sus piedras con su vivacísimo gesto, dejando allí el sabor idiosincrásico, con el que para todo aliviáis las prisas.  No era difícil rastrear las fronteras de mi Imperio. Allí donde llegaba una caballería española, había duelos a cuchillo y lapos íntegros y mestizos. Hijos del país, apoteosis espesa y salpicada. Los vagones del metro de Londres mostraron hasta hace poco carteles en español en los que se leía: “Prohibido escupir”. Albión genuflexa y acojonada por el gusto áspero de nuestras bocas. Temerosa de que los salvajes españoles se hundiesen en su subsuelo y les calentaran a gusto. Nuestras barcas contrabandistas entraban en Holanda y en Italia arreando ostias y vendando cabezas. En el campo abierto sobrenadaba la salivita aliviada del que sólo aguardaba el degüello. Habéis perdido la gracia y ahora camináis chiquitos y estreñidos, destinados al encierro. Dadme una gracia, una sorpresita intempestiva , un gran escupitajo cimarrón que anegue una hacienda, un salivazo tal que atraiga a los perros a beber la luna en los charcos. No buscaré otro. 

¿Sabes de qué tengo ganas?

¿Sabes de qué tengo ganas?

Hoy España llegó estrafalaria, vestida con un foulard de estrechas rayas negras, rojas y amarillas. La noté menos respetuosa que en la sesión anterior, casi indecente y decididamente rejuvenecida. Incluso encendió un pitillo desdeñando la imposición que ordena el cartelón que remata el dintel de la puerta de mi despacho.

 

No quiero discutirme más. Le confieso que mi cuerpo está canalla y me exige urdir alguna infamia. Mis hijitos andan atolondrados contando milongas. Ni me desmantelo tan fácil, ni me aligeran las bragas sin que, al menos, dé un resuello. Déjenme que me alivie más a mi sabor, sin tanto empujón y sin tanto beato; que aun las cachas tengo prietas, las tetas firmes y el magín despierto.  Que a nadie sobresalte tanta propaganda barata ni se duela por mí imaginando infiernos, que más feroces hogueras me azuzaron y no ardí, y anduve en prisiones más ínfimas, castigada por reyes mostrencos. ¡Ay doctorcito!, que cansada es esta tiniebla de iletrados persiguiendo mi nombre. Cuánto añoro a mis poetas de carcajadas, a mis Quevedos humillando a los pretendidos tribunales del Juicio Final. Qué pesados y qué lerdos son estos de ahora. Cuánto actor trágico me menciona con los ojos en blanco. Sepan todos que en mis oscuros secretos hasta gocé de alguno de los tormentos que me dieron, si quien me lo dio no destruyó, sino que vino con risa y tiento. Y a los que me desprecian, diré que sólo los considero brechas de vuestra geografía humana, martillos pilones que no saben obrar de otra suerte. El tiempo les pone disfraces a unos y otros que yo reconozco: trajecitos de chino, de novia virgen, de relojitos de arena que joden en latín indecente. En fin, ya le digo que reconozco la palabrería borrosa que es común y que perdura desde Los Católicos.  Me he propuesto desatar mi apetito carnal, así es que juro que si alguien sueña con mi patria, yo me lo ventilaré en un plis florecido y habanero; que mientras él sueñe yo arderé resuelta e inmortal, enloquecida como una brújula ante un imán. ¡Ay, qué ganas!. 

Suspiro español

Suspiro español

Esponja de sudor, de palabras gruesas -de cojones, coños y putadas-, de tormentos, de abulia, de embestidas de coches, de incívica presencia (tantas veces envidié a Suiza  y a Noruega...). Cuarenta millones de vidas ajenas que, al tiempo, son mías. Mi nombre encabeza sus documentos desde que abren sus ojos a la vida hasta que un médico rubrica sus últimos ocasos. España. España. A veces me aborrecen y me esquivan. Otras veces mis miembros me suplantan: Andalucía o Cataluña, Extremadura o Murcia certifican trámites intermedios. Al final del viaje, en los oscuros documentos oficiales, acabo por ser yo la que recoge a mis muertos y a mis recién nacidos. Españoles aplazados. Unos me llaman España, otros Estado, otros ni me llaman. Casi mejor porque, según para quien, pronunciar mi nombre está muy mal visto. A esta altura de mi edad  suspiro ya sin queja.

No me anima hoy mencionarle a Quijano, al sol, a los toros, a las playas (¡ay!): a todos esos lugares comunes que ya todos conocen y que tanto me agotan. También soy, bien lo sé, umbría y recogimiento; humedad, bosque y monte despoblado; ciervo y jabalí; perra y gata; negra y amarilla; blanca y azul. Soy en fin, tanta, tan larga y tan grande, que hasta me cupo un águila imperial lanceado por flechas y casi también me cupo una bandera tricolor. De esta última caté menos; ya sabe, qué le voy a contar... Consumida y fresca. Vieja y nueva.  Miro atrás y compruebo mi pasado turbio y enloquecido, mis achaques de vieja resentida y recelosa. Pero también reconozco a mis barquitos, en los que miles de hombres y mujeres llegaron y se fueron. Mis amores me dejaron nostalgia y memoria de ángeles y sirenas, de la carne delicada que no se degrada.

Vengo aquí a confesarme. No aguarde de mí ánimo para afligidos ni agrios hálitos destinados a los contentos patológicos. Bastante tengo ya con lamerme mis heridas, mis costurones de siglos zurzidos con agravios propios y ajenos. No se si hallé más hideputas fuera o dentro de mis fronteras. O sí lo sé, y se lo iré contando. Tengo rey, reina, príncipe y princesa, que de esto no me ha faltado casi nunca. Sus innumerables antepasados resolvían componer o destruir lo que les venía. Ahora son ellos los examinados por mis hijos, que los escudriñan y los juzgan. Los tiempos cambian implacablemente, entreverando sorpresas e ironías infinitesimales que acaban por juntarse formando caudales. Es lo que hay. Yo ni quito ni pongo. 

Hoy siento el estímulo maltrecho y le dicto esta ristra de palabras sin cadena. Ahogadas unas palabras con otras como un murmullo. Como el mismo océano que me baña los pies desde hace tanto.

¿Le pedí ya el permiso para el suspiro?. Ya lo hice.  

Vale.