Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2006.
Suspiro español

Esponja de sudor, de palabras gruesas -de cojones, coños y putadas-, de tormentos, de abulia, de embestidas de coches, de incívica presencia (tantas veces envidié a Suiza y a Noruega...). Cuarenta millones de vidas ajenas que, al tiempo, son mías. Mi nombre encabeza sus documentos desde que abren sus ojos a la vida hasta que un médico rubrica sus últimos ocasos. España. España. A veces me aborrecen y me esquivan. Otras veces mis miembros me suplantan: Andalucía o Cataluña, Extremadura o Murcia certifican trámites intermedios. Al final del viaje, en los oscuros documentos oficiales, acabo por ser yo la que recoge a mis muertos y a mis recién nacidos. Españoles aplazados. Unos me llaman España, otros Estado, otros ni me llaman. Casi mejor porque, según para quien, pronunciar mi nombre está muy mal visto. A esta altura de mi edad suspiro ya sin queja.
No me anima hoy mencionarle a Quijano, al sol, a los toros, a las playas (¡ay!): a todos esos lugares comunes que ya todos conocen y que tanto me agotan. También soy, bien lo sé, umbría y recogimiento; humedad, bosque y monte despoblado; ciervo y jabalí; perra y gata; negra y amarilla; blanca y azul. Soy en fin, tanta, tan larga y tan grande, que hasta me cupo un águila imperial lanceado por flechas y casi también me cupo una bandera tricolor. De esta última caté menos; ya sabe, qué le voy a contar... Consumida y fresca. Vieja y nueva. Miro atrás y compruebo mi pasado turbio y enloquecido, mis achaques de vieja resentida y recelosa. Pero también reconozco a mis barquitos, en los que miles de hombres y mujeres llegaron y se fueron. Mis amores me dejaron nostalgia y memoria de ángeles y sirenas, de la carne delicada que no se degrada.
Vengo aquí a confesarme. No aguarde de mí ánimo para afligidos ni agrios hálitos destinados a los contentos patológicos. Bastante tengo ya con lamerme mis heridas, mis costurones de siglos zurzidos con agravios propios y ajenos. No se si hallé más hideputas fuera o dentro de mis fronteras. O sí lo sé, y se lo iré contando. Tengo rey, reina, príncipe y princesa, que de esto no me ha faltado casi nunca. Sus innumerables antepasados resolvían componer o destruir lo que les venía. Ahora son ellos los examinados por mis hijos, que los escudriñan y los juzgan. Los tiempos cambian implacablemente, entreverando sorpresas e ironías infinitesimales que acaban por juntarse formando caudales. Es lo que hay. Yo ni quito ni pongo.
Hoy siento el estímulo maltrecho y le dicto esta ristra de palabras sin cadena. Ahogadas unas palabras con otras como un murmullo. Como el mismo océano que me baña los pies desde hace tanto.
¿Le pedí ya el permiso para el suspiro?. Ya lo hice.
Vale.
¿Sabes de qué tengo ganas?

Hoy España llegó estrafalaria, vestida con un foulard de estrechas rayas negras, rojas y amarillas. La noté menos respetuosa que en la sesión anterior, casi indecente y decididamente rejuvenecida. Incluso encendió un pitillo desdeñando la imposición que ordena el cartelón que remata el dintel de la puerta de mi despacho.
No quiero discutirme más. Le confieso que mi cuerpo está canalla y me exige urdir alguna infamia. Mis hijitos andan atolondrados contando milongas. Ni me desmantelo tan fácil, ni me aligeran las bragas sin que, al menos, dé un resuello. Déjenme que me alivie más a mi sabor, sin tanto empujón y sin tanto beato; que aun las cachas tengo prietas, las tetas firmes y el magín despierto. Que a nadie sobresalte tanta propaganda barata ni se duela por mí imaginando infiernos, que más feroces hogueras me azuzaron y no ardí, y anduve en prisiones más ínfimas, castigada por reyes mostrencos. ¡Ay doctorcito!, que cansada es esta tiniebla de iletrados persiguiendo mi nombre. Cuánto añoro a mis poetas de carcajadas, a mis Quevedos humillando a los pretendidos tribunales del Juicio Final. Qué pesados y qué lerdos son estos de ahora. Cuánto actor trágico me menciona con los ojos en blanco. Sepan todos que en mis oscuros secretos hasta gocé de alguno de los tormentos que me dieron, si quien me lo dio no destruyó, sino que vino con risa y tiento. Y a los que me desprecian, diré que sólo los considero brechas de vuestra geografía humana, martillos pilones que no saben obrar de otra suerte. El tiempo les pone disfraces a unos y otros que yo reconozco: trajecitos de chino, de novia virgen, de relojitos de arena que joden en latín indecente. En fin, ya le digo que reconozco la palabrería borrosa que es común y que perdura desde Los Católicos. Me he propuesto desatar mi apetito carnal, así es que juro que si alguien sueña con mi patria, yo me lo ventilaré en un plis florecido y habanero; que mientras él sueñe yo arderé resuelta e inmortal, enloquecida como una brújula ante un imán. ¡Ay, qué ganas!.
Delicatessen

España me ha pedido hoy que no le haga pregunta alguna. Trae de suyo una confesión pestilente. Desconfío de sus humores, de sus alegorías, de su sistema de símbolos. Schopenahauer ya advirtió que el público siempre se fija en el fondo y a mí me preocupa no descifrar sus adivinanzas.
¿No ha observado, doctorcito, cómo ha menguado la espesura y enjundia del lapo español?. Sí, sí, no me mire con esa cara batracia. El lapo, gargajo, escupitajo; la saliva espesa que mis hijitos han esparcido por el mundo y por mis propias tierras. Ahora la aprecio traslúcida, blancuzca, pobre, una calavera de sí misma. Añoro el gargajo espeso y despreocupado, el vivacísimo disparo que sembraba arrabales y salones con igual millonaria densidad de bacterias y virus. Conquistaba un español Flandes y las Indias y regaba enseguida sus piedras con su vivacísimo gesto, dejando allí el sabor idiosincrásico, con el que para todo aliviáis las prisas. No era difícil rastrear las fronteras de mi Imperio. Allí donde llegaba una caballería española, había duelos a cuchillo y lapos íntegros y mestizos. Hijos del país, apoteosis espesa y salpicada. Los vagones del metro de Londres mostraron hasta hace poco carteles en español en los que se leía: “Prohibido escupir”. Albión genuflexa y acojonada por el gusto áspero de nuestras bocas. Temerosa de que los salvajes españoles se hundiesen en su subsuelo y les calentaran a gusto. Nuestras barcas contrabandistas entraban en Holanda y en Italia arreando ostias y vendando cabezas. En el campo abierto sobrenadaba la salivita aliviada del que sólo aguardaba el degüello. Habéis perdido la gracia y ahora camináis chiquitos y estreñidos, destinados al encierro. Dadme una gracia, una sorpresita intempestiva , un gran escupitajo cimarrón que anegue una hacienda, un salivazo tal que atraiga a los perros a beber la luna en los charcos. No buscaré otro.


