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Riadas
Los ríos son dioses que anotan temblores como sogas. Se descomponen los relámpagos, los cazadores de almas, las oscurecidas invasoras del reinado fluvial. La conquista espectral de la sangre persigue la mugre, la herida en la matemática. Clava golpes en las calles, en las lámparas de la noche, en los cristales que revientan los ojos majestuosos de los niños. La naturaleza deja de ser de plata y reparte falsas estrellas entre pobres gentes que huyen como insectos. Quedan todos coronados de golpes, con la piel desamparada, con máscaras de yeso que humillan a la especie. Las rachas de lluvia matan desde su invencible altura mientras las paredes susurran las espinas del último respiro. Muere el periodista radiofónico Carlos Llamas
Se deshace la llama en el lugar natural que ocupa la fuerza oculta, el penacho de la simiente que nunca está en venta. No creen en la muerte los que buscan la verdad, los que acunan las noches largas que todavía quedan. No ha llegado la fatiga al corazón de los fuertes, pero esa quietud sonora sonsaca los colores más pálidos, y el aire entorno encanta con su lanza de desangrar cosechas. Duerme y escucha el que no está solo ni teme a los héroes ni a las monedas. El navío de los que callan se hace a la mar con un nuevo tripulante en su hora más confusa. Fernando Alonso o el patriotismo de carburador
Estos peleantes tienen por costumbre andar en pendencias que no acaban en sazón y término, pues ni a riñas alcanzan estas andanzas menudas más propias de niños ociosos de muchos melindres que de los duros guijarros que siempre fueron mis hijos. No fueron los españoles nunca de reñir a secas por tan poca cosa, y si tanto molesta la vaina mejor hará el tal Alonso en despertar su cólera y enojo arreando buenos garrotazos a los que le anden buscando apetites, que no son dignos de ser llamados caballeros los que se dejan manosear el rostro. Mire cada uno por su virote, que en la edad floreciente no es de entendimiento andar temeroso y despavorido y más vale santiguarse luego y zanjar ahora los pleitos con un avemaría afilado en sus dos hojas. Una investigación sobre células madre gana el Nobel de Medicina
Los jóvenes barberos aplacan y sosiegan los males del cuerpos y los encantamientos de los huesos y los cueros con tanta fuerza que ya no hay que saltar por la ventana a la calle cuando las vísceras se disgustan. Buenos caballeros son los sabios industriosos que calman desventuras, que demasiados hubo que anduvieron con melindres y mucha desenvoltura prometiendo dádivas que no llegaron y estrechando con un lazo de arengas las letras que no les cuadraban. El buen ingenio no deshonra a Dios, que lo que causan espanto son las vanas reverencias, los antojos de carros de fuego y los disparates embadurnados de falso conocimiento. La mitad de los asalariados ni siquiera llega a 'mileurista'
Aullan los mastines que exigen las llagas amargas, los corazones grises, harapientos, tardíos, agotados de reclamar hondura y justicia. Los dragones entonan baladas de victoria y brindan sobre las sienes de los derrotados. Ya no hay ni suspiros en la noche blanca, sólo velones que queman las bofetadas que llegan como campanadas. El dolor tiene ahora el sonido inextinguible y delicado de los agujeros en los que se desparraman los frutos que nunca llegaron a madurar. Todo es tránsito, gritos y cristales a punto de quebrarse. El cerebro humano es optimista por naturaleza
Cualquier salvación tiene un carácter ético. Se trata de evitar el infierno, y para ello se elige la mansedumbre, la recompensa inmediata, la placidez difunta o viva, los círculos radiantes que reservan un espacio de sombra calculable. Se trata de no agotar jamás el caudal de magia que garantiza el sosiego, el amor, la melancolía, las frases felices. Encarnamos a un sucedáneo de nosotros mismos que trata de salvar el pellejo a un extraño. El cerebro adopta un comportamiento enigmático que no depende de nosotros, sino de los humores, de los chorros de hormonas y neurotransmisores que consiguen no aniquilarnos sin condenarnos tampoco al bochorno. Casi siempre el miedo nos vuelve quejumbrosos o indignos. La subasta de un cuadro se dispara por la sospecha de que es un Rembrandt
Nadie ignora que el pasado es tanto más caro cuanto más ignoto. Se aprecia a los muertos, a sus misterios, a los espejos que los reflejaron por última vez y que certificaron sus tránsitos. Hay un goce angélico en encontrar huellas que parecían borradas. La sonrisa del joven Rembrand es lenta y blanda, capaz de burlar la lejanía y errar durante siglos en paredes sin fortuna ni laurel. El personaje se sabe fresco pese a reconocerse muerto como un sueño. El destino ama la matemática, el número que no muere y que reaparece en un desván con anhelo incorruptible de victoria. La imagen acecha e inquieta con su enigma de memoria muda, con su lejanía rendida de símbolos y de leyes. El PP y CCOO apuestan por la energía nuclear con nuevas centrales
El gas y la neblina tóxica son malas costumbres y no será el azar quien las disipe. La energía nuclear es un mal menor, pero habría que buscar con la lupa en la mano un lugar en el que no se encendiesen las antorchas y se entonase el vade retro. Se teme el Juicio Final en forma de nube de hongo y sospecho que la verdad ya está demasiado falsificada para que alguien ratifique su certeza. Los ortodoxos abominan de la claridad y jinetean con la ignorancia que con tanta frecuencia se repite o transcribe. Si a una verdad le falta encanto se vuelve indigerible. Estamos condenados a seguir tragando petróleo. 
